Joan Gimeno Igual
Nunca conocí a Ángel Rozas. Sin embargo, sí que lo «descubrí». Obviamente esta afirmación puede parecer extraña para quienes, al contrario que yo, guardan un recuerdo de él. En mi caso, en cambio, cumplí la veintena cuando nos dejó, todo lo que tengo ahora es una posmemoria del personaje, abonada con los materiales con los que trabajamos los historiadores. Afortunadamente, la grisura de la ciencia se ha mezclado con el verdor del árbol de la vida, gracias a las confesiones y recuerdos de tantos y tantas que vivió el placer de su compañerismo.
Recuerdo mis primeras visitas, como joven investigador, en el Archivo Histórico de la Cipriano García. El embadurno fruto de poder asomarse a aquella ventana de nuestro pasado reciente, pronto se vio complementado por una curiosidad salpicada de cierta turbación: en la sala contigua donde se realizaban las consultas, entonces en el sótano del sindicato, como el resto del depósito, había un curioso cuadro colgado en la pared. Se trataba de un retrato de un hombre relativamente joven, de mirada serena y melancólica, que interpelaba al espectador y producía, como anunciando la historia que escondía, cierto desasosiego. Sobre un saco de patatas como lienzo, ese retrato había sido pintado en la cárcel de Burgos. El hombre de unos treinta y pocos era Ángel. Aquel «halla» me grabó su nombre en algún rincón del cerebro. Rincón que parpadeaba cada vez que reaparecía en la documentación y los testigos.
«Ese enano se chino, ¿verdad?», le preguntaron durante un interrogatorio a Juan Navarro. Hombres como Ángel ocupaban y preocupaban al régimen franquista. Un organizador nato y luchador incansable de esa vanguardia que, como diría Vázquez Montalbán a través de uno de sus personajes, estaba hecha a la medida de la situación, heroica y, a la vez, débil. Comunista liberal de aquellos que, como recordaba otro compañero suyo, entendía el comunismo como una actitud vital: poner la cara por el resto, sabiendo que te la romperán. Pequeño gigante que, con otros muchos, consiguió arrebatar las riendas al régimen de Franco para devolvérselas a la gente, dejándose por el camino parte de los sueños sin, sin embargo, echar nunca la toalla. Un referente, en definitiva, sobre todo ético, que nos recuerda a las generaciones del presente que la bonhomía, la compasión y, por qué no, el humor, son virtudes revolucionarias.
Diez años no son nada, hasta siempre, Ángel. ¡Ah! Y que no sea nada lo del ojo.
