Juan Carlos Gallego
Ya hace diez años que no veo a Ángel y todavía está muy presente, no sólo cuando repaso papeles. Los valores que rezumaba, por los que vivió y luchó, impregnan muchas de las cosas en las que sigo militando. La huella de su altura es larga, en proyecto sindical y memoria histórica, en ganas del saber y la importancia de realizar.
Tengo algunos recuerdos personales y sindicales, que atan su forma de entender el mundo y el sindicato. Organizó una cena que viví a escenificación de la clásica y gramsciana alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura, el sindicato y los intelectuales, que Angel consideraba necesaria para alcanzar la hegemonía cultural para crear conciencia y hacer avanzar las propuestas de transformación de la sociedad. Fue previo a la huelga general del 20J del 2002 contra la reforma laboral del PP. Angel quería saber si habíamos hablado con “Conde” o “Manolo” para convocar la huelga. Quedé descolocado con la pregunta, íbamos desbordados para organizar miles de charlas para debatir las razones, apoyos de comités y secciones sindicales, elaborando y distribuyendo materiales para explicar de forma clara y didáctica los motivos y las propuestas, y él nos recordaba la importancia de sumar voces y apoyos más allá de lo que organizamos. Dicho y hecho, él movió los hilos para organizar la cena, contactos no le faltaban y estaba bien respetado. A los pocos días fui con Coscu al restaurante y nos sentamos con Manolo Vázquez Montalban, Beth Galí y el 'Conde' Francisco de Sert, más tarde se incorporó Oriol Bohigas, para hablar de la reforma laboral, de la importancia de que la huelga general fuera un éxito de convocatoria, de razones políticas y de contexto. No sé si la cena fue el elemento fundamental del éxito de la VG del 20·J, o si pusimos las bases materiales para que Aznar acabara perdiendo las elecciones en un contexto donde la huelga se sumaba al malestar social amplio provocado por las mentiras de la guerra de Irak, la deriva neoliberal y los valores autoritarios del . Pero quedó claro la enseñanza de Angel: el movimiento sindical necesita cuidar la política de alianzas, para ser más fuertes, para no aislar nuestra lucha en un clima hostil al sindicalismo y los derechos del trabajo.
Ya más tarde en 2009, tuve que plantearle los cambios que queríamos hacer a la Fundación Cipriano Garcia, que él tanto ha amado y de la que era el Presidente. Tenía que dejar la presidencia, y serlo a título honorario continuando al frente del archivo histórico, para dar un nuevo empujón al proyecto que él ayudó a crear. No nos sorprendió, con su sonrisa socarrona tan característica, va que ningún problema que él seguiría trabajando como siempre, como uno más. Era su manera de ser, firme y tierna, tozuda y generosa, que le hacía colaborar mientras pudiera en lo que fuera necesario.
Para mí Angel era algo mítico, una vida plena y una historia densa. Pero le recuerdo también como un compañero cercano, comprometido y responsable, con la discreción de quién sabe que ha vivido y hecho mucho. Su vida y sus actos enseñan a no resignarse, a no correr frente a los poderosos, a seguir empujando en medio las dificultades.
