Ángel Rozas

Jordi Guillot


Escribir sobre Ángel Rozas o sobre otros militantes sindicales de CCOO durante el franquismo, es escribir sobre héroes y heroínas. Sobre entregas y sacrificios rara vez reconocidos y nunca recompensados. Es hablar de mujeres y hombres de acero con los corazones más grandes y generosos que jamás he conocido. Casi siempre es hablar de obreros y obreras comunistas.

En mi etapa en el Senado coincidí, varias veces, en el tren con Lluís Reverter, director general con Narcís Serra. En una de las conversaciones que tuve con Reverter, me explicó las razones que él creía que habían llevado a Adolfo Suárez a arriesgarse legalizando al PCE-PSUC. Yo siempre había creído que las razones eran nuestra fuerza e implantación y que la nueva democracia española no sería creíble sin la legalización de los comunistas. Amable y sardónico me respondió que la razón principal que había llevado a Suárez a legalizarnos, a pesar de ser muy consciente de la reacción ultra, era la fuerza del partido en CC.OO, ya por aquel entonces el sindicato más influyente. A su juicio, Suárez creía que la democracia que nacía en medio de una gravísima crisis económica, no sería gobernable sin los comunistas y su influencia sindical.

Esta anécdota me permite reivindicar el papel del movimiento obrero y más concretamente de Comisiones Obreras en la conquista de las libertades democráticas. Y uno de los titanes que crearon y organizaron el sindicato en la clandestinidad fue Ángel Rozas. El precio que pagó fue muy alto; detenciones, torturas y prisión, hasta exiliarse.

Sabía quién era, pero nunca le había visto. Lo conocí en el 1r Congreso de la CONC (1978). La mesa del Congreso, las intervenciones en el atril, los pasillos, eran escaparates donde ibas viendo y conociendo a los dirigentes del sindicato. Cuando me señalaron en el Rozas me quedé de piedra. Era un enano. Lo primero que pensé fue qué fuerza interior puede llevarte a afrontar la vida clandestina, con todos sus riesgos, siendo tan fácilmente identificable. La única respuesta posible es tener convicciones muy, muy firmes.

Lo conocí personalmente en la sede de la CONC en la avenida Meridiana. Lo cierto es que primero conocí a su mujer, Carme, que trabajaba también en la sede, una mujer muy amable y expansiva. Lo recuerdo como un hombre serio y siempre cargado de carpetas. Charlamos y al despedirnos siempre recordaré el consejo que me dio. Me dijo: ¨Jordi, recorda que, en la lucha sindical, apostar por el todo o el nada, casi siempre es nada¨. Yo apenas comenzaba como secretario general de la federación de sanidad de CCOO. ¿Cuántas veces he utilizado este sabio consejo.