Javier Domenech
Fragmentos de un escrito cuando supe de su muerte hace diez años:
“Entre los asistentes estaba Ángel Rozas Serrano, persona de muy baja estatura, un enano, quien se colocó en una de las sillas de la sala, rehusando hacerlo en la presidencia; pero sus intervenciones fueron escuchadas atentamente, por los concurrentes, entre los que goza de bastante prestigio.”
Así lo describía un informe policial realizado en el barrio de Llefià de Badalona en 1967. Uno de tantos donde su nombre sale innumerables veces. En otros documentos, en las cartas clandestinas enviadas durante la negra noche franquista para informar e informarse, para comunicar y comunicarse, para conocer y reconocerse como uno, como a muchos, que no hablaban a la luz pública, pero existían, su nombre era otro y era escrito con respeto: Ankar. Pero todo esto lo supe después de conocerle y no me lo contó él. Ni una brizna de vanidad corría por sus venas. Cierto era bajo, extremadamente bajo, y siempre reía. Siempre, menos cuando entraba en la sala donde le conocí indignado por algo que había leído en el periódico. Pero era alto cuando se reía, era mayor cuando se indignaba, era inmenso cuando ante la gente proyectaba una voz profunda que hablaba de la dignidad obrera como pocas.
Detenido infinitas veces, en infinitos sitios, debido a un solo paso. Fue un paso pequeño, hecho por pocos al inicio, pero que marcó un camino que sin embargo se mostró inmenso. El paso que iba de la clandestinidad a la luz pública, el paso que iba del miedo al grito, del silencio a la palabra. El paso que no daba sino recuperar en las peores condiciones posibles el credo de una de las primeras sociedades populares obreras fundadas a finales del siglo XVIII, "Que el número de nuestros miembros sea ilimitado". Por él fue un camino iniciado desde la indignación pura.
En 1976 ya eran millones los que, como él, habían dicho lo suficiente. Llenaron las calles y las plazas, pararon las fábricas e hicieron girar todas las caras hacia ellas, haciendo imposible que la dictadura continuara. Tú lo hiciste posible, gracias. Gracias por devolvernos algo que no tiene forma, ni volumen, que no tiene olor, ni color, que siente pequeña es grande y sin la que muchos no podríamos ni reconocernos: la dignidad robada en aquel 1939. Gracias por romper el silencio, cuando nadie se atrevía, diciendo una verdad tan sencilla como que éramos millones y el mundo no era suyo.
